| DON PABLO
J. ALVARADO Y LA GUERRA DE LOS MIL DIAS
El gran patricio veraguense, don Pablo J. Alvarado, se agitó
en diversas actividades de la vida política nacional
y en todas ellas, brilló con luz propia.
En un fascículo que publicó en 1967, denominado
RECUERDO DE LA GUERRA DE LOS MIL DIAS” con prólogo
de Rafael Murgas, destaca su participación en las luchas
campesinas, a las cuales dirige como un verdadero líder.
Esta vocación, se torna en permanente pensamiento
durante su vida y sobre el cual, nunca se apartará
y mucho menos a claudicar.
Inicia su relato, apoyando la tesis causal de la apertura
del conflicto, que no fue otra que el despojo sufrido por
los candidatos liberales en las elecciones de 1898, comicios
que resultaron altamente fraudulentos. Este hecho, vino a
representar la última gota de vejaciones y afrentas,
que soportaron los acólitos liberales.
El movimiento revolucionario tuvo como punto de partida el
desembarco el 31 de marzo de 1900, en Punta Burica, Chiriquí,
de las huestes dirigidas por el doctor Belisario Porras y
el general Emiliano Herrera.
Se estableció una Junta de Gobierno Militar compuesta
por los doctores Eusebio A. Morales y Carlos A. Mendoza, como
Ministros de Hacienda y Tesoro y Gobierno y Justicia, respectivamente
y el doctor Belisario Porras, como Jefe Civil y Militar.
Don Pablo, quien por esos tiempos contaba con solo 16 años,
se une al Ejército Liberador, al igual que muchos otros
jóvenes de la provincia, quienes sentían en
sus pechos el fuerte latido del ansia revindicadora por los
frecuentes atropellos contra la población.
A esta temprana edad, ya era un conocedor profundo de los
caminos, valles y montañas de su terruño, por
haber acompañado a su padre en los afanes de la ganadería.
Cuando se presentó la urgencia de hacer un contacto
con Victoriano Lorenzo para entregarle armas y municiones
en la Alta Cordillera, no pudieron escoger a un mejor personaje,
que nuestro joven, recién ascendido a Alférez.
La tarea encomendada fue cumplida con un resonante éxito,
al transitar a caballo durante cinco días, como todo
un veterano, por caminos montañosos, cruzar profundos
ríos y cuidarse de los mil y un peligros, que no son
extraños a una misión de este tipo. Existía,
además, la responsabilidad de cuidar las vidas de sus
compañeros.
Enorme trabajo que llevó, honrosamente, sobre sus
hombros el novel Alférez del Ejército Revolucionario.
En la medida que los triunfos acariciaban al Ejército
Liberal en su marcha triunfal por todo el territorio nacional,
se producía el enrolamiento voluntario de numerosos
jóvenes panameños.
Nuevamente se le asignó la misión de buscar
a Victoriano Lorenzo para llevarle cartas del Doctor Porras,
del Coronel Abadía y del General Emiliano Herrera,
donde se le notificaba a Lorenzo su ascenso a General Regular
del Ejército Revolucionario, al mismo tiempo que se
le impartían instrucciones para que se presentase en
Aguadulce, donde se iba a librar un ataque contra dicha plaza.
Las fuerzas gobiernistas, sin embargo, ya habían abandonado
ese lugar, rehuyendo, en toda forma el combate.
Al ser trasladado al Batallón Libres de Chiriquí,
fue promovido a Capitán, para actuar bajo las órdenes
del General Manuel Quintero Villarreal.
El arrollador paso del Ejército Revolucionario, continuó
hasta el ataque final sobre el Puente de Calidonia, donde
la falta de coordinación y un posible elemento de celo
y envidia, de parte del General Herrera, decretó la
espantosa debacle, de unas filas armadas, que venían
de triunfo en triunfo, a través del territorio nacional.
La cantidad de muertos de ambos mandos, desproporcionadamente
mayoritaria dentro de las filas liberales, determinó
que este combate, se convirtiera en una verdadera carnicería
sobre las fuerzas de la Revolución.
Es mucho lo que se ha escrito sobre este memorable asalto
al citado puente, y es posible leer diferentes descripciones
de la batalla, que llevan a un difícil entendimiento
sobre la estrategia del ataque frontal que se llevó
a cabo, contra una fuerza que tenía la ventaja geográfica
del terreno, tropas frescas y con excelentes pertrechos militares.
Este triste combate, diezmó a los liberales y se calcula
que 700 de ellos, la mayoría jóvenes promesas,
fueron inmolados, mientras que las pérdidas del ejército
gubernamental, se menciona en escasos 20.
Una muy vívida descripción de esta memorable
batalla, la realiza el capitán Alvarado en su folleto
“Recuerdo de la Guerra de los Mil Días”.
En el mismo campo de guerra, es promovido al grado de Mayor,
por el valor demostrado en ese combate.
Al desbandarse el ejército revolucionario, viaja con
el General Lorenzo hacia la cordillera y vive durante 20 días
con los indios, en el campamento de La Negrita, participando
de sus costumbres y tradiciones.
Después de la derrota liberal en el Puente de Calidonia,
Alvarado regresa a La Mesa de Veraguas, su tierra natal, donde
vivió en una situación económica muy
precaria, que terminó con un encarcelamiento durante
dos meses en Santiago de Veraguas.
Al ser liberado regresa a La Mesa y luego se entera del movimiento
secesionista de Panamá el 3 de noviembre de 1903 y
de inmediato participó en la firma del Acta de Independencia
de La Mesa, el 14 del mismo mes.
Después se dedicó al negocio de la ganadería,
donde prosperó económicamente y para no olvidar
su amor por la política, fue nombrado para la Primera
Convención Liberal Constituyente, constituyéndose
como una destacada figura en la campaña liberal de
1906.
Fue Diputado a la Asamblea Nacional y Gobernador de la Provincia
de Veraguas, ambas en dos ocasiones, miembro del Gran Jurado
Nacional de Elecciones, participante activo en las Convenciones
Nacionales del Partido Liberal, para la selección de
candidatos a la presidencia. .
Su vida, enmarcada siempre dentro de las filas de su partido,
se ha proyectado como un modelo de confianza, seriedad, honradez,
mantenimiento de las creencias y convicciones políticas,
digno ejemplo para todas las generaciones.
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