|
ENRIQUE A. JIMÉNEZ Y LA UNIVERSIDAD DE
PANAMÁ
Dentro del aspecto educativo, nuestro país ha
estado siempre entre los más adelantados, ya que desde el Siglo XVIII se
creó la Universidad Javeriana y el Colegio Superior del Istmo, que
más tarde deberían desaparecer, por diferentes causas.
Panamá, con su espontánea unión a
Colombia en 1821, se atrasó marcadamente en su desarrolló, hasta
el punto que era el Departamento de la Unión con menos escolares, menos
aulas de enseñanza y maestros, amen de un muy bajo nivel en el frente
sanitario.
Los países del istmo centroamericano,
hacían progresos en el ámbito de la ciencia de la
enseñanza, y se establecieron universidades destacándose entre
ellas la de San Carlos en Guatemala.
A pesar que la primera Universidad Nacional fue
inaugurada el 25 de enero de 1918, bajo la administración del presidente
Valdés, este primer centro de estudios ofrecía principalmente la
carrera de Derecho. Tuvo también que cerrar sus puertas por razones
económicas. Nuestros anhelos por una casa de estudios superiores,
tuvieron que esperar a verse realizados hasta el 7 de octubre de 1935, al
declararse oficialmente abierta la Universidad de Panamá. Era Presidente
de la República el Dr. Harmodio Arias Madrid.
Las labores se iniciaron utilizando para ello parte de
las instalaciones del Instituto Nacional, en donde fue poco a poco
cimentándose su trabajo, principalmente por el alto grado
académico y científico de unos profesores alemanes que fueron
contratados por el gobierno panameño y que habían sido
desplazados de su país natal, durante la persecución de los
judíos por las nazis.
Estos profesores, dieron una gran muestra de
constancia e inteligencia, al llegar a dominar el idioma castellano en poco
tiempo y realizar sus labores dentro del claustro académico con
pequeños errores de sintaxis, pero que no desvirtuaban en nada el
contenido básico y el mensaje docente que llevaban dentro de cada una de
las conferencias. Profesores españoles de gran renombre, también
fueron invitados por las autoridades de la Universidad, para venir a completar
un plantel de primerísima categoría y que muy pronto se
abriría paso franco en el concierto de la enseñanza del resto del
mundo.
Con el transcurrir de los años, la Universidad
Nacional iba respondiendo cada vez más a los deseos e inspiraciones de
sus iniciadores, los doctores Octavio Méndez Pereira y José
Dolores Moscote. Muy pronto se observó que las instalaciones que estaban
en plan de "préstamos" en el Instituto Nacional eran insuficientes para
el creciente número de estudiantes que venían de las distintas
promociones de los colegios secundarios. Para finales del 45 e inicios del 46,
la situación se iba haciendo cada vez más insostenible.
Y he aquí donde surge la figura de ese
extraordinario Presidente de la República que fue Don Enrique A.
Jiménez. Hombre de una sagacidad política increíble, de
innegables dotes de gran estadista y de ofrecer soluciones rápidas a los
problemas, dio de inmediato los pasos necesarios y concernientes para la
fundación de la Ciudad Universitaria en terrenos propios y para la
consecución en forma permanente de un patrimonio que asegurara a nuestra
primera casa de estudios, una sólida base económica para su
futuro desenvolvimiento.
Nuevos y modernos edificios se fueron levantando en un
campus muy moderno y muy bien localizado. Otro punto importante en la labor del
Presidente Jiménez fue el de consignar en el Artículo 46 de la
Constitución de 1946, la más grande de las conquistas de la vida
estudiantil: la autonomía universitaria.
La garantía para la construcción de los
edificios fue dada por el Presidente Jiménez, de igual manera que los
primeros fondos presupuestarios necesarios para dicha construcción. Fue
un mandatario que se echó sobre sus hombros hacer crecer a la
universidad y dotarla de una personalidad propia.
El apoyo económico prestado por este ilustre
primer ciudadano hizo posible la transformación de una universidad que
trabajaba exclusivamente en cursos nocturnos a un moderno centro donde era
obvio se podría impartir enseñanzas con mayor tecnología y
facilidades, dentro de un horario diurno y a un mayor número de
estudiantes.
Tal como lo afirma un distinguido historiador, Enrique
Jiménez impidió que la Universidad Nacional continuara
desenvolviéndose como una escuela nocturna más.
De no existir este total y desinteresado apoyo que se
le otorgó, a los diez años de haber sido inaugurada, no
tendríamos a esta escuela de alto estudio en el sitial actual, donde el
gran número de estudiantes que así se formaban anualmente, son el
testimonio de la enorme visual de político y estadista de este destacado
panameño. Jiménez cimentó la apertura de las puertas de la
luz a miles de ciudadanos que más tarde llegaron a producir los cambios,
sociales, económico y políticos que han sacudido a la
nación. Son el producto de un deseo de mejoramiento y superación
que surge de los desposeídos de dinero, pero no de inteligencia y que
anhelan destacarse en la vida. Si unos fundaron la Universidad de
Panamá, que su memoria reciba el debido y franco reconocimiento de la
historia, tal como lo merecen y lo han conseguido.
Pero resulta a veces doloroso que no se lleve a los
lugares cimeros que sus actuaciones así lo ameritan, a personajes de
relevante importancia, como el Presidente Jiménez, que tuvo la clara
visión de dar el más importante apoyo que cualquiera obra
necesita, o sea, el establecimiento de su patrimonio propio y los fondos
necesarios para la debida continuación y práctico funcionamiento
a través del tiempo y la distancia.
El fue quien otorgó el vigor necesario para un
rápido desenvolvimiento de toda esa gran obra.
No se trata de robar honras a los que fundaron y
tuvieron el acierto de ser los zapadores de tan formidable idea y que
participaron de ese momento histórico. Pero tampoco debemos relegar a
una especie de semiolvido al verdadero motor y propulsor de la explosión
universitaria y quien dio el primero el formidable impulso en el decisivo
momento que se necesitaba y a lo cual dedicó gran empeño y parte
de su exitosa gestión administrativa apoyada en sus grandes dotes de
estadista y político.
Un retrato al óleo colocado en uno de los
salones de la Biblioteca Simón Bolívar de la Universidad es el
solitario y aislado reconocimiento que esta escuela le ha rendido.
A todo un Señor Presidente, que además
de lo logrado dentro del ámbito universitario, citemos también
algunas de las más importantes obras que legó a la patria:
- Ciudad
Universitaria
- Autonomía
Universitaria
- Aeropuerto de
Tocumen
- Zona Libre de
Colón
- Código de
Trabajo
- Código
Sanitario
- Hotel
Panamá
- Consejo de
Economía
- Escuela Artes y
Oficios
- Banco Provincial de
Provincias Centrales
- Ministerio de
Trabajo, Prevención Social y Salud Pública
- Hospital
Antituberculoso
- Distrito Alcalde
Díaz
- Ley Orgánica
de Educación
Que se resalte como se debe, la figura, personalidad y
obras de quienes verdaderamente se lo han ganado en los avatares de la historia
nacional, con sus actuaciones y obras, teniendo siempre los mejores intereses
de la patria, como anhelo primordial.
|