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LA CATASTROFE DEL DIRIGIBLE HINDENBURG
Desde los años 30, los vuelos en dirigibles
estuvieron muy de moda, especialmente entre personas que los consideraban como
un signo de importancia y categoría social.
Alemania y Estados Unidos, se adelantaron a otros
países en el empleo de esta forma de transporte aéreo, ya fuera
con intenciones comerciales o bélicas.
Los germanos construyeron una serie muy exitosa
conocida como Graf Zeppelin y los norteamericanos tuvieron sus propios Akron,
Los Angeles, Roma, Shenandoah y Macon, algunos que fueron retirados del
servicio y otros que se accidentaron.
Alemania continuó en la línea de
mejoramientos de estos aparatos hasta que se llegó al Hindenburg,
preciosa joya de la aeronaútica , bautizada así, en honor de
aquel gran general de la Primera Guerra Mundial, más tarde ascendido a
Mariscal de Campo, el muy venerado, querido y respetado Paul von Hindenburg,
quien a los 78 años de edad (1929) fue electo Presidente de la Segunda
República Alemana y luego reelecto el 10 de abril de 1932, por cuatro
años más.
Se convertiría el dirigible en la forma de
transporte comercial del futuro? Todo parecía indicar que tal
sería el camino lógico a seguir, por los continuados
éxitos del Graf Zeppelin y los 18 viajes transatlánticos, sin
ningún contratiempo, realizados por el Hindenburg, en 1936.
Los dirigibles eran más lento que los aviones
y el costo del pasaje era mucho más caro. Sin embargo tenían
mayor capacidad para pasajeros, pero igualmente necesitaban de una
proporción casi de 1.5 a 1, en la relación
tripulación/pasajeros.
En mayo 7 de 1937, la joya mayor de la flota alemana,
despegaba del aeropuerto de Tengelhof, Berlín, para iniciar su primer
vuelo de ese año.
Con una tripulación de 59 miembros y 40
pasajeros, el dirigible inició su viaje hacia Estados Unidos.
Durante su cruce del océano, encontró
una serie de fuertes vientos en contra, lo mismo que tormentas
eléctricas, que fueron las causas para un retraso de 13 horas en el
estimado tiempo de llegada. Tuvo que sobrevolar al aeropuerto por casi una
hora, esperando un momento más propicio para bajar.
El coloso del aire había sorteado
fácilmente estos problemas y ya con el poste de amarre a la vista,
lanzó las primeras dos líneas hacia empleados de tierra en el
aeropuerto de Lakehurst, New Jersey y se ordenó parar los motores,
El Hindenburg demoraría muy poco tiempo en
Estados Unidos, ya que tenía programado regresar, llevando a muy
distinguidos pasajeros quienes irían a Londres, con el objeto de
presenciar las ceremonias de la coronación del nuevo Rey de Inglaterra,
que se conoció como George V.
Después de estos actos, la gran nave
volvería a Estados Unidos, con abundante material fotográfico,
para las ediciones de la prensa.
Nada de esto se cumpliría. El destino juega
con los planes y así mismo con los hombres, haciendo giros
imprevisibles.
Apenas las dos líneas de amarre ya
mencionadas, llegaron a tierra, se escuchó una terrible explosión
y grandes llamaradas, que provenían de la parte posterior de la nave,
que hizo temblar a la tierra y pudo ser visible a varias millas de distancia.
Escenas dantescas de gritos de pánico y dolor,
confusión total, personas que se arrojaban hacia el vacío en
busca de salvación, eran observadas con repetición, ya que el
dirigible se encontraba apenas a 300 pies del suelo.
Cerca de 15 personas, pudieron salvarse en esta
forma, aunque quedaron heridas.
La cuenta total de muertos llegó a 33, once de
los cuales eran pasajeros, veintiuno de la tripulación y un espectador.
Entre los 21 tripulantes, se incluyó al Capitán del Hindenburg
Max Pruss y al ex-Capitán Ernst Lehman, quien se encontraba en el
fatídico viaje en calidad de consultor.
El Hindenburg, mortalmente herido, se
precipitó a tierra, cayendo como inmensa bola de fuego sobre
automóviles y muy cerca de una multitud, que huía despavorida.
Los bomberos y ambulancias llegaron
rápidamente al aeropuerto y se prodigaron en sus heroicos esfuerzos para
extinguir el gran incendio y ayudar a los heridos.
En Alemania la noticia del desastre del gran
dirigible fue recibida con profundas muestras de dolor y al principio con
verdadera incredulidad.
El Canciller Adolf Hitler envió un mensaje de
pésame a la Compañía Zeppelin e inició con 20.000
marcos un fondo para ayudar a las familias de los fallecidos.
Tanto el presidente Franklin Roosevelt de Estados
Unidos, como el Premier Benito Mussolini de Italia, asimismo de gobiernos del
resto del mundo, llegaron notas de solidaridad y sentimiento hacia el pueblo
alemán.
El sabotaje como causa de la gran tragedia, fue
inmediatamente descartado, y de acuerdo con el Comandante Hugo Eckener,
Director de la Compañía Zeppelin, se plantearon tres posibles
hipótesis:
- una chispa de
electricidad estática, que incendió los tanques de
hidrógeno (elemento altamente inflamable), y produjo la
destrucción total en instantes.
- chispa proveniente de
la tormenta eléctrica del momento.
- fuego provocado por
algún cigarrillo.
El Senado de los Estados Unidos aprobó una ley
por medio de la cual se permitía la venta del gas helio para reemplazar
al hidrógeno en todos los futuros dirigibles.
Un periodista radial que se encontraba narrando la
llegada del Hindenburg En el aeropuerto de Lakehurst, New Jersey, hizo una
espectacular descripción, paso a paso, de todos los pormenores del
desastre, considerándose como una pieza de oro de la radio.
La Paramount Pictures había asignado a un
camarógrafo con ese mismo fin y pudo captar totalmente las espeluznantes
escenas de la macabra tragedia, película que cuatro días
más tarde se exhibía en todos los teatros de los Clubhouses de la
Zona del Canal.
Lo irónico de la situación fue que todo
este ritual del amarre, se llevaba a cabo dentro de la mayor calma, con los
pasajeros en la góndola del dirigible, intercambiando sonrisas y saludos
desde la ventana de observación, con amigos y conocidos en tierra.
Después de varias horas de lucha, la calma fue
reapareciendo y de aquel gran orgullo de la aeronavegación alemana, solo
quedaban calcinados restos de hierros retorcidos. |