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LAS SIETE VIDAS DEL HOTEL ASPINWALL DE TABOGA
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Durante la época de la construcción del
Canal de Panamá, los franceses planearon desde 1882, la
edificación de un sanatorio para convalecientes en la isla de
Taboga.
Después del traspaso de todos las propiedades
de la Nouvelle Compagnie du Canal Interoceanique, a los norteamericanos en mayo
4 de 1904, los nuevos dueños, captando de inmediato esta sabia
concepción dentro de la medicina recuperativa, emprendieron la
remodelación del citado nosocomio.
Por varios años prestó un gran servicio,
con un período cumbre de 1911 a 1912, que señaló una
admisión de más de tres mil pacientes, pero luego, al ir
disminuyendo la fuerza laboral en la vía acuática al aproximarse
el fin de los trabajos, la demanda por estas prestaciones se redujo en forma
notoria.
Tal situación se convirtió en un factor
decisivo que motivó al Departamento de Sanidad de la Zona del Canal a
clausurar el centro para convalecientes y solicitar su traslado administrativo
a otras dependencias.
Los nuevos dirigentes cambiaron radicalmente el
enfoque original y plantearon la conversión de hospital a hotel,
sugerencia que fue aprobada, dándose así el inicio a la
correspondiente transformación.
Se escogió el nombre de HOTEL ASPINWALL en
honor al Ing. W.H. Aspinwall, un destacado profesional que se había
cubierto de gloria y fama durante la construcción del Ferrocarril de
Panamá. Vale la pena recordar en este momento, que los norteamericanos
quisieron rebautizar como Aspinwall City a la ciudad de Colón,
decisión que recibió una firme y tenaz oposición del
entonces gobierno colombiano, que logró impedir tal cambio.
Desde su inauguración en enero de 1914, el
complejo hotelero fue un resonante triunfo, no solo por la belleza natural del
paisaje y sus playas, sino por el excelente servicio que allí se
ofrecía.
Muy pronto se convirtió en un gran centro
social, donde se celebraban distinguidas recepciones y reuniones de la
más alta categoría.
Se organizaban con frecuencia excursiones a la isla
para fines de semana, con bailes y variadas actividades, que gozaron de enorme
popularidad y magnífica asistencia, generando así una gran
inyección monetaria a todos los niveles, incluso para los no muy
esforzados moradores del lugar.
El Aspinwall, como era conocido por todos,
funcionó muy satisfactoriamente hasta junio de 1916, cuando por
dificultades económicas, tuvo que cerrar, en forma parcial, sus
actividades, aunque continuó algo maltrecho, hasta diciembre del mismo
año, manteniéndose como un sitio para paseos especiales.
Nuevamente se abre en enero de 1917,
ofreciéndose grandes atracciones a los viajeros, con un servicio diario
de lanchas y redoblado hacia los fines de semana. El costo del pasaje era de
$0.30 los adultos y $0.20 los niños.
Desde el Hotel Tívoli había buses que
trasladaban a los turistas directamente hacia los muelles de Balboa. El
Ferrocarril de Panamá también cooperó, ofreciendo
transportar el equipaje de los pasajeros desde Cristóbal a $0.25 por
bulto y en conexión directa con los muelles. Todo este conjunto de
medidas otorgaron un nuevo soplo de vida al hotel, que parecía dirigirse
otra vez hacia sus mejores días.
Con la entrada de los Estados Unidos a la Primera
Guerra Mundial se implantaron medidas restrictivas, tales como severas
limitaciones a los permisos para los empleados del Canal y miembros del
ejército, controles de luces eléctricas por las noches,
racionamiento de alimentos y gasolina, determinando un nuevo cierre del hotel
en abril de 1917, destinándose ahora como un campo de
concentración para los prisioneros alemanes.
En esta nueva faceta continuó cerca de un
año hasta que se llevó a cabo una redistribución de dichos
cautivos por toda la Unión Norteamericana.
El 30 de mayo de 1918 y posterior a otra
remodelación de sus instalaciones fue abierto nuevamente al
público.
Se construyeron canchas de tenis, se alquilaban botes
para remar, lanchas para pasear y se ofrecían atractivos descuentos que
señalaban un costo de $50.00 mensuales, incluyendo transporte,
alimentación y hospedaje.
No obstante todas estas ventajas propuestas, las
finanzas no mejoraban y por las grandes pérdidas en sus balances
contables, se optó por cerrarlo el 5 de julio de 1921.
Después de infructuosos esfuerzos llevados a
cabo por el Gobierno de los Estados Unidos para no clausurarlo definitivamente,
se decidió traspasar el negocio a una compañía privada
dirigida por James Malloy y su esposa Tilly, quienes traían excelentes
credenciales y experiencia derivadas de una seria y próspera
administración del Club Strangers de Colón.
En agosto de 1921 empieza una nueva carrera ascendente
del Hotel Aspinwall con un tremendo auge económico, primordial resultado
del cariño y dedicación que le prodigaron sus nuevos gerentes,
unidos a los inmejorables servicios que se presentaban. No existe la menor duda
que fue la época de oro del Aspinwall, donde se reunían todos los
personajes importantes, nacionales y extranjeros, quienes representaban la
distinción y elegancia de la época.
En junio de 1923 una nueva calamidad apareció
en su existencia con motivo de un incendio que se propagó a gran parte
de sus instalaciones, empeorado por la clásica excusa de insuficiente
cantidad de agua para combatirlo.
Los marinos del buque de guerra Galveston que se
encontraba fondeado frente a la isla, jugaron un papel muy importante en el
control de dicho siniestro.
De aquí resurgió como el ave
fénix para continuar con fluctuaciones económicas, unos
años con ganancias y otros con pérdida, hasta que durante la
Segunda Guerra Mundial era ya casi imposible mantenerlo con vida. Se
habían efectuado demasiadas reparaciones a sus antiguas estructuras que
no resistían una sola alteración adicional.
Eran tablas anticuadas sobre bases aún mas
caducas o tablas nuevas sobre soportes inservibles.
Para 1945 ya estaba casi en total abandono y completo
desmantelamiento.
El ejército de los Estados Unidos trató
de usarlo como una pequeña base militar durante la guerra, que
posteriormente fue cambiada para la cima de la montaña en la isla.
Ya el viejo hotel, para estos tiempos, no se
podía levantar más y escuchó el conteo final. Pero
batalló como los buenos y los de clase, ya que imitando a los gatos, lo
tuvieron que matar siete veces. |