|
ASPINWALL CITY O CIUDAD DE COLÓN?
English Version
Al descubrirse en enero de 1848, los yacimientos de
oro en California, por el minero John August Suter, se produjo un cambio
radical en la economía de Panamá, por haberse convertido en la
ruta más corta para llegar a esos territorios.
Los viajeros arribaban de New York o New Orleans en
barcos que llegaban al puerto de Chagres y desde allí proseguían
en canoas hasta Cruces, para luego proseguir la travesía en lomo de
mulas hasta Panamá.
Una verdadera odisea que tenía una
duración de seis días, donde se soportaba toda clase de peligros
e inconvenientes, desafiando lluvias, mosquitos, altas temperaturas y animales
salvajes. En variadas ocasiones el problema eran los salteadores de camino.
A pesar de todo y el alto costo de $50.00 por
persona, los peregrinos del oro, seguían fluyendo en grandes cantidades
hacia Panamá y dejando mucho dinero en circulación. Siempre la
economía de servicio que ha marcado nuestra historia a través de
los tiempos.
Las cantinas, burdeles y casas de juegos estaban por
todas partes y la economía florecía rápidamente en la
ciudad capital.
Los habitantes del interior abandonaban su
ganadería y agricultura, para dirigirse hacia esta próspera urbe,
para lograr un enriquecimiento rápido, factor que se repetiría
con frecuencia en nuestra historia (época del ferrocarril, del canal
francés y americano y por último la Segunda Guerra Mundial).
Si los interminables viajeros se sometían a
toda clase de impedimentos para cruzar el Istmo de Panamá y luego
proseguir hasta California, no resultaría un verdadero éxito
comercial, si un ferrocarril uniese las ciudades de Colón y
Panamá?. Se obtendría un cruce muchísimo más
rápido, pero sobre todo más cómodo y seguro.
Esa percepción económica la tuvieron
William Henry Aspinwall, Henry Chauncey y John Lloyd Stephens quienes dieron
los pasos para la formación de una compañía.
Anteriormente, los dos primeros ya habían
establecido una asociación con el propósito de facilitar el
transporte de correo y pasajeros de un extremo a otro de los Estados Unidos,
por medio de barcos que anclaban en Panamá o Colón. El cruce por
el istmo, se verificaba entonces, por mulas y canoas. Una vez en el puerto
señalado, había otra nave de la misma compañía que
recogía a los pasajeros y los llevaba hacia su destino final.
Basados en esta experiencia, no fue extraño
que pensaran en la construcción de un ferrocarril transístmico.
La ruta por Panamá era la más corta,
barata y menos peligrosa que arriesgarse por tierra en los Estados Unidos,
transitando en diligencias como en los tiempos de los colonizadores, soportando
los ataques de los indios, las altas montañas, los enormes ríos y
los grandes cambios de temperatura que se experimentaban a través del
camino, que hacían sumamente difícil esta travesía.
Tomar la vía por el Cabo de Hornos y dar toda
esa vuelta alrededor de América era muy largo y más costoso. De
New York a San Francisco vendría a representar alrededor de trece mil
millas, mientras que por Panamá, solamente cinco mil. Un muy sustancial
ahorro.
Ir por Nicaragua era otra posibilidad que se
podía emplear como alternativa, aunque todavía más larga
que la opción panameña.
El enorme tráfico de viajeros que pasaban por
Panamá siguiendo la quimera del oro californiano, traía consigo
diversas costumbres, vicios y enfermedades que esparcían por las calles
de la ciudad.
Los habitantes miraban con asombro como se alteraba
irremediablemente la diaria rutina al tratar de adaptarse a tan disímil
avalancha.
Las pestes y enfermedades, los asaltos y saqueos a
los viajeros, fue el caos observado por el trinomio Aspinwall, Chauncey y
Stephens, cuando unieron sus voluntades para la construcción del
ferrocarril de Panamá.
El primer paso fue obtener una concesión
exclusiva que les dio el gobierno de gobierno de Nueva Granada para tal
finalidad, mediante el contrato Stephens-Paredes, de marzo de 1850.
Los trabajos se iniciaron el 2 de mayo de 1850 y
después de innumerables obstáculos y una gran cantidad de muertos
entre los obreros, cuyas cifras exactas nunca se han conocido, el 28 de enero
de 1855, el primer tren cruzó el istmo, siendo el séptimo
ferrocarril del mundo, precedido sólo por Inglaterra (1814), Estados
Unidos (1827), Canadá (1836), Cuba (1838), México y Perú
(1850) y Brasil (1855), unos días antes que la obra de Panamá.
La Compañía del Ferrocarril de
Panamá fue desde sus inicios un extraordinario éxito
económico, llegando sus acciones a pagar hasta $295 de dividendos por
cada una.
El pasaje costaba $25.00 por una sola vía. El
largo del ferrocarril era de cuarenta y siete millas, solamente. Fue el primer
tren transcontinental que existió por esos años.
Era indudable que Aspinwall con su recia personalidad
y gran liderazgo, había sido el factor decisivo en la exitosa
terminación del ferrocarril a través del Istmo.
En una ceremonia alusiva a estos trabajos, llevada a
cabo en Colón, el 29 de febrero de 1852 y para conmemorar la muerte de
Stephens, acaecida ese mismo año, se encontraba de paso hacia
Washington, con el rango de Embajador de su país, el ex Ministro de
Relaciones Exteriores de Nueva Granada, don Victoriano de Diego Paredes. En un
instante eufórico, tomó la palabra y en un acto muy personal,
levantó su copa de champagne, para proponer que se le cambiara el nombre
a la ciudad de Colón y se le llamara en adelante, Aspinwall City, en
honor de esa persona, respetada y admirada por todos, dinámico motor del
ferrocarril. Los aplausos y más brindis por tan espectacular idea, no se
hicieron esperar.
En dicho acto, se colocaría una caja de cobre
con una descripción del acontecimiento que se estaba llevando a cabo,
una copia del contrato Stephens-Paredes, un número del periódico
New York Herald del 5 de febrero de 1852 (recién llegado a Colón)
y una moneda de los Estados Unidos, Francia, Inglaterra y Nueva Granada.
Posiblemente don Victoriano recapacitaría
más tarde, y a solas, sobre el desplante que lanzó y las
repercusiones que iba a provocar su propuesta.
Los norteamericanos inmediatamente aceptaron tal
sugerencia, nacida nada menos que de tan distinguida personalidad del mundo
político colombiano y empezaron a llamar Aspinwall City a la segunda
ciudad del ferrocarril.
El gobierno colombiano tuvo que ejercer una tremenda
oposición a tal cambio, hasta el punto de dictar un decreto donde
ordenaba devolver a su destinatario o simplemente destruir en otras ocasiones,
a toda la correspondencia que llevara esa dirección en lugar de ciudad
de Colón. Además prohibía la tramitación de
cualquier documento que mencionara Aspinwall City, en su contenido.
También el gobierno granadino, aprovechando el
regalo de una estatua del descubridor de América que le hiciera la
Emperatriz de Francia, doña Eugenia de Montijo, ordenó que
debía ser instalada en la ciudad de Colón. (Ver "Los cuatro
viajes de la estatua de Cristóbal Colón").
La actitud decidida, patriótica y firme que
adoptó el gobierno de Nueva Granada, logró mantener el nombre de
la ciudad de Colón para el resto de los tiempos.
Y todo por un brindis champañesco!.
|