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LA INAUGURACIÓN ARTÍSTICA DEL
TEATRO NACIONAL
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Durante la época del Canal Francés con
su gran auge económico y social, Panamá vivió muy grandes
eventos teatrales, con innumerables compañías y destacados
artistas que en sus giras hacia los países de la América del Sur,
tenían una escala temporal en esta ciudad. Esta situación era
aprovechada por empresarios alertas para contratarlos y ofrecer
espectáculos en esta capital, que sólo debido a la envidiable
posición geográfica podían llevarse a cabo y
aparecían muy difíciles de costear para otros países.
La vida cultural panameña en los albores de la
nación necesitaba revitalizarse. Así lo comprendió el
Presidente Manuel Amador Guerrero, que desde mayo de 1904 dio el espaldarazo
oficial al deseo de la Convención Nacional Constituyente, de construir
un Teatro Nacional y un Palacio de Gobierno.
Los planos fueron confeccionados por el arquitecto
italiano G. N. Ruggieri y el majestuoso teatro, asombro de todos los habitantes
de la urbe capitalina y del resto del país, estuvo listo para su primer
acto oficial al celebrarse la toma de posesión del segundo presidente de
Panamá, don José Domingo de Obaldía, el 1 de octubre de
1908, a las 4:00 p.m. Sin embargo, su inauguración artística no
tomaría lugar sino unas semanas más tarde.
Desde el 4 de octubre comenzaron a aparecer en los
periódicos locales la noticia del próximo arribo, procedente de
Guatemala, de la muy famosa y renombrada Compañía de Opera
Lombardi, que por gestiones de Don Narciso Garay, venía contratada para
una serie de presentaciones en Panamá.
Dirigida por Don Mario Lombardi, arriba en el Vapor
Parismina al puerto de Colón, el 17 del mismo mes. Estaba integrada por
83 miembros de los cuales 25 eran artistas principales, 8 para papeles
secundarios, 8 bailarines de ballet, un coro de 30 voces y una orquesta de 12
músicos.
Venía precedida de una justificada fama,
habiendo actuado en diversos países del mundo y últimamente en el
Teatro Francés de Opera de New Orleans, Louisiana.
El traslado a la capital del voluminoso equipaje
necesitó de 20 vagones del ferrocarril y de un gran esfuerzo en el
transbordo. Finalmente todo llegó en buen estado a la ciudad capital y
se fijó la primera función para el día 22,
anunciándose con gran profusión el estreno de la ópera
Aída, una de las más bellas composiciones del maestro italiano
Guiseppe Verdi.
El reparto de la obra se presentaba así:
| El
Rey: |
Sr. A.
Manceri |
| Amneris:
|
Srta. L.
Mileri |
| Aída: |
Sra. L. De
Benedetto |
| Radames: |
Sr. A.
Scalabrini |
| Ramfis: |
Sr. P.
Wulman |
| Amonastro: |
Sr. G.
Pimmazzoni |
| Mensajero: |
Sr. A. Neri
|
Se cobraron los siguientes precios:
| Palcos
(8 asientos): |
$40.00 |
| Anfiteatro |
$5.00 |
| Luneta: |
$4.00 |
| Galería: |
$1.00 |
| Admisión General: |
$2.00
(de pie en el área de los anfiteatros) |
El presidente de Obaldía, miembros de su
gabinete e invitados especiales arribaron al teatro, ocupando los palcos de
honor. La función se inició exactamente a las 8:40.
El profesor Narciso Garay dirigió la orquesta
mientras tocaba una marcha patriótica de su inspiración y
especialmente compuesta para ese memorable día.
Las crónicas y comentarios posteriores a la
fecha del estreno, destacaban la singular maestría de los
intérpretes, con la señora de Benedetto en primer lugar por su
bella voz y su gran capacidad histriónica, en el difícil papel
que le tocó desempeñar. Desde el primer instante de su
actuación, cautivó en forma inmediata a la enorme concurrencia
que llenaba totalmente la capacidad del teatro nacional.
El gran lujo del vestuario y el extraordinario apoyo
que le dio la orquesta, fueron factores importantes de la exitosa velada de
gala en esa inauguración artística.
Se estimó que más de 1,000 personas
ocuparon todos los palcos en sus dos niveles, la luneta, los anfiteatros y su
área posterior, al igual que una galería totalmente colmada.
La belleza de las decoraciones del teatro y todas sus
luces refulgentes y esplendorosas, servían de fondo a las damas, que
bellamente ataviadas con sus mejores y lujosos trajes, exhibían
costosísimas joyas.
Se habían dado cita la crema y nata de la
sociedad panameña para apoyar con su presencia el esfuerzo que se
realizaba con el objeto de colocar a Panamá como gran centro cultural. A
pesar de este singular éxito, siempre aparecieron las críticas
sobre especuladores que compraron un gran número de boletos con el
objeto de revenderlos a precios muy altos, obteniendo así ganancias
enormes.
La noche inaugural sólo se abrió la
entrada principal, sin usarse las otras dos, lo que provocó gran
aglomeración del público y problemas para ingresar a sus puestos.
Se presentó también el caso de algunas
personas a quienes se les permitió entrar antes de la hora
señalada y tomaron los mejores puestos en la sección de
galería, en medio de grandes protestas de los que habían formado
largas filas para lograr un temprano acceso y que de pronto se veían
burlados.
El lugar designado para la orquesta, resultaba muy
estrecho especialmente para la sección de violines. También se
dio la extraña ocurrencia de que un número de músicos
panameños, empleados como refuerzo, se presentaron tarde a la
función, pues debían primero cumplir con sus compromisos en la
Banda Republicana y su retreta semanal del parque de Santa Ana.
Todos estos detalles fueron mejorados y la ciudad
capital pudo disfrutar de un total de 20 presentaciones de la
Compañía de Opera Lombardi, que fue posible mediante el subsidio
gubernamental de $10,000.
La cultura también tenía su cabida
entre los planes del Estado con este apoyo muy necesario, colocando a una joven
república de apenas escasos cuatro años de vida independiente, en
un lugar muy avanzado en América, con un grandioso Teatro, digno de las
mejores ciudades del mundo.
El Teatro Nacional iniciaba una largo jornada, que lo
llevaría a través de increíbles caminos en algunos de sus
86 años de existencia, senderos retorcidos que nunca más se deben
retomar, sino proseguir hacia la dignidad solemne y elegancia clásica
que fueron sus atributos desde los primeros años.
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